
que sólo tú enciendas las llamas.
Que tus largos despertares,
sólo en mis tibios brazos sea.
Que se acabe el mar y el cielo,
mientras pueda besar tu espalda;
de tus párpados de seda lamer la sal,
y esperarte con murmullos...
e irnos juntos al cielo.
Como a ciego guíame con tus sabias manos,
hasta tus puertas alúmbrame el camino;
a las humedades del rocío, déjame llegar,
y contemplar en penumbras la flor
abriéndose generosa de mi ojos a la luz.
Mécete al compás de mis suspiros.
Una lágrima como un río
beso en tu ardiente mejilla;
mi niña de rosas y lava viva.
Demandante mujer sin sosiego,
ya no hables más con tu lengua.
Con tu cuerpo ardiendo a mares,
cúbreme de sal y blanca espuma.
Perplejo
15-3-09
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